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Crónica de la ruta senderista: Ermita de la Virgen de la Vega-Castillo de Montizón-Villamanrique

Crónica de la ruta senderista: Ermita de la Virgen de la Vega-Castillo de Montizón-VillamanriqueManuel Mohedano. Ecologistas en Acción-Valle de Alcudia · Comenzamos esta ruta, llena de recuerdos de Jorge Manrique y su obra, en la Ermita de la Virgen de la Vega, un hermoso edificio de origen templario (como señala la inscripción latina que hay en la base de su bóveda, que añade que fue destruida en el año 1.310, lo que indica que ya existía anteriormente). En el interior nos llama la atención, además de su planta de cruz latina y su bóveda, una piedra de alabastro con extraños caracteres (¿árabe sufí?) que al parecer ha sido imposible descifrar; si a ello se le añade que no se sabe con certeza si se trata de una estela funeraria, una lápida de altar o una oración o poema, ya tenemos configurado el halo de misterio que rodea siempre a todo lo relacionado con los templarios.

También encontramos aquí la primera referencia a Jorge Manrique, pues según consta en los libros de visita de la Orden de Santiago, a la que después perteneció la ermita, el poeta y su esposa Dª Guiomar de Meneses donaron ropas y efectos personales para adornar la ermita, además de un retablo de Santiago y San Jorge, ya desaparecido.

La ruta sigue al arroyo de la Vega por su margen izquierda hasta llegar al molino de Frías, que en su completo derrumbe se permite mostrarnos aún las maquinarias con las que desarrollaba su trabajo, movidas por las aguas del propio arroyo, recogidas en un azud próximo a la ermita y que llegaban al molino en una conducción que parcialmente se conserva. Seguimos la ruta junto al arroyo, ahora por su margen derecha, hasta llegar a la carretera de Castellar, y al cruzarla, cambiamos de dirección para bordear unos cerros en los que se encuentra el Torreón de la Higuera y que permite adentrarnos en unos extensos campos de labor, en medio de los cuales nos encontramos con las Casas de la Batanilla, lugar en el que enlazamos con la ruta de Don Quijote que nos lleva hasta el castillo de Montizón, situado sobre una gran roca y bordeado por el Río Guadalén, que le sirve de foso natural en su mayor parte. Aunque su construcción está muy alterada por las sucesivas conquistas, reconquistas y asedios, impresiona su mole sobre la masa rocosa del cerro y el río a sus pies: se encontraba cerrado y no pudimos visitar su interior, pero sí pudimos descansar ante su puerta y rememorar a Jorge Manrique (incluso nos atrevimos a leer su poema dedicado al castillo, recuperado vía internet) y su asedio y toma de la fortaleza en 1.467, en el curso de la guerra entre los partidarios de Isabel la Católica y los de Juana la Beltraneja; posteriormente fue nombrado comendador del castillo, iniciando obras de reforma y consolidación del mismo, en el que vivió con su esposa y escribió parte de su obra.

Recordando que por aquí pasaba la Vía Hercúlea de los romanos, uniendo Cádiz con Tarragona, y con Roma, nos ponemos de nuevo en ruta, cruzamos el cauce del Río Guadalén por un puente de reciente construcción, pero que ya ha sufrido la embestida de alguna crecida del caudal del río y recorremos algo más de la ruta de Don Quijote hasta llegar a un “descansadero”, en el que “descansamos” y damos cuenta de las viandas que llevamos, sobre todo con el ánimo de aligerar la mochila. El resto de la ruta transcurre entre continuos campos de olivos que nos llevan a Villamanrique (o Villa de los Manrique, la antigua Belmonte de la Sierra o Belmontejo), donde pudimos apreciar el aspecto exterior de la “Casa Grande”, supuesta vivienda de los Manrique, y varias de sus calles con antiguas casas de blasones medievales que dan idea del esplendor de esta población en épocas pasadas. La visita a la Iglesia de San Andrés ponía fin a un completo día de senderismo y cultura.